Disgregando Audiencias Como Si No Hubiera Mañana

  • Señor Jones: ¡Cielos, Sargento, esto es una auténtica masacre!
  • El Sargento: Ciertamente, señor Jones. Los disgregadores han hecho bien su trabajo…
  • Creata II (suspirando quedamente): ¿Y qué va a ser de nosotros ahora?
  • El Sargento: (apura su apestoso puro mientras contesta rumiando): A partir de hoy, tendremos que aprender a vivir en este nuevo mundo si pretendemos sobrevivir. (suspira) Y al final, triunfaremos o moriremos en el intento…

   (Barrido de cámara y fundido a negro)

Millones de jirones de audiencia disgregada aparecen esparcidos, dispersos sobre infinitas esteras de desierto yermo. Bordeando el camino, centenares de cadáveres oxidados de lo que alguna vez fueron medios de comunicación se apostan petrificados, sin mas tumba que los cubra que la bóveda celeste bajo un sol abrasador. La apocalipsis refleja su esplendor mortecino sobre un mundo sin vida.

godzilla

Sumidos en un silencio absoluto, un grupo errante de publicitos vaga eternamente por el paisaje dantesco con rumbo hacia lo desconocido. Cuando cae la noche, se reúnen en corro en torno a una fogata confeccionada con audiencias resecas y retazos de periódicos y revistas acartonadas por el sol. En ese momento solemne, los ancianos de la tribu se ponen en pie, como dementes en torno al fuego purificador, y purifican sus culpas mientras narran historias de un mundo que se ha movido y una civilización que   nunca volverán a ver. Los mas jóvenes les miran desafiantes con un velo de incredulidad en su rostro. Los veteranos, sin embargo, bajan la mirada y clavan sus ojos en el suelo, rogando para que los demás no perciban las lágrimas furtivas que inconscientemente se les escapan.

— Hubo una vez, dice el mas viejo del grupo, hace eones de años, un mundo dominado por un demonio salvaje y oscuro al que llamábamos Televisión — un murmullo de aprobación e inquietud recorre el grupo —. Aquel demonio se mostraba a través de un tótem cuadrado por el cuál invocábamos a los espíritus que poseía en su interior. Los hombres y las mujeres sucumbían a su poder y sus cerebros quedaban atrapados por su fuerza atrayente hasta privarles de toda voluntad y raciocinio. Todos fueron víctimas de este demonio, desde las incipientes amas de casa hasta los machos alfa del target comercial. Todos, sin excepción, cayeron en sus redes.

Los miembros de aquel clan peregrino forman el último vestigio de una tribu, los publicitos, que una vez fuera morada de poderosos magos. Hoy escuchan con atención mientras se pasan una botella con destilado casero de grp, un líquido infecto que apenas cumple su misión de otorgarles un punto de embriaguez. El anciano carraspea y prosigue tras comprobar que está captando toda la atención.

— Los hombres fueron alimentando poco a poco a aquel demonio, cada vez con más asiduidad y sumisión. Pero el demonio-televisión era insaciable y exigía mayores y más frecuentes sacrificios. En apenas unas décadas, las revistas y los diarios se extinguieron para siempre de la faz de la Tierra. Fueron los primeros en caer. La mayoría de ellos simplemente, se agotaron por falta de audiencia. El resto mutó debido a una mala hierba venenosa que crecía por todas partes y a la que los antiguos llamaban Internet; una hierba que no llegó a progresar.

— Pero paradójicamente, cuando mas se alimentaba al demonio-televisión, más se multiplicaba éste. Y con su reproducción, crecía su insaciable sed de audiencias. La radio, la publicidad exterior, los folletos, el cine. Todos sucumbieron sin excepción por la falta de audiencias e inversión.

— Los sacrificios eran constantes. Y nosotros, los publicitos, ejercemos como cómplices en toda aquella infamia. Canalizamos la demanda, nos esforzamos por entregarle todas las audiencias, todos los targets, y la televisión con su hambre infinita, los absorbió enteramente sin saciarse y aún pedía mas y mas —. Siempre que oyen este relato, aquellos hombres curtidos en mil escaramuzas y envejecidos prematuramente por el hambre y penuria, se santiguaban al oír las Palabras Prohibidas; expresiones tabú de historias paganas que llevan mil años desterradas del mundo en el que habitan. Pero el anciano no ha terminado; implacable, cumple con su ritual nocturno de expiar sus culpas a través de la narración oral.

 — Llegó al día en el que toda la audiencia estaba concentrada en la televisión. Fue exactamente cuando la Red Mundial de Cadenas de Televisión decidió comprar Internet y secuestrarlo para su uso exclusivo. Y llegó la Hecatombe. Diez mil cadenas con audiencias infinitesimales. Nadie era capaz de distinguir entre los contenidos de una y otra cadena, básicamente porque todos eran iguales. Las productoras de televisión apenas eran capaces de producir 200 o 300 programas diarios de pésima calidad, que eran emitidos por centenares de canales simultáneamente. Ya nadie sabía que decir, nadie era capaz de producir nada que fuera medianamente original. Las parrillas estaban llenas de programas idénticos, enlatados, pregrabados, aburridamente iguales. El hastío convertido en producción en masa.

— Las subvenciones públicas que mantenían con vida a tantas cadenas consumían mas de la mitad del PIB de cada país pero nadie se atrevió a cortar el cordón umbilical. ¿Cómo iban a hacerlo, si el empleo de millones de personas dependía de la televisión? Los publicitos; nosotros, la tribu maldita, los desterrados de la sociedad, no hicimos nada para impedirlo. Convencimos a nuestros anunciantes, instigamos a nuestros líderes de opinión, argumentamos nuestros racionales, planificamos como obsesos, como si no hubieran mas opciones. Todo por y para la televisión. La televisión consumía mas y mas recursos publicitarios y, con ellos, la muerte de los medios de comunicación, de la diversidad publicitaria y, en fin, de la sociedad tal y como la conocimos alguna vez.

— Las cadenas de televisión prohibieron la letra impresa para que todo el consumo de información tuviera que realizarse a través de imágenes en movimiento. La televisión lo asimiló todo, lo fagocitó todo. La web se llenó de botones con imágenes en movimiento y desaparecieron los teclados. Las bibliotecas, los libros, las revistas, las vallas, todo fue arrasado, destruido, borrado de nuestra historia. Los humanos nos olvidamos de leer. Los disgregadores sembraron la destrucción a su paso. Anunciantes, agencias, gobiernos, audiencia, sociedad, publicidad; todo quedó aglutinado y concentrado en el poder de unas pocas manos poseedoras de cien mil cadenas de televisión con las que manipular nuestras vidas, dirigir nuestras ideologías, incentivar nuestro consumo. El monopolio mundial absoluto de la economía hasta el día del Juicio Final.

Llegado a este punto, el anciano calló, con su mirada melancólica perdida en las llamas, y finalmente se sentó entre sus compañeros. Los publicitos guardaron silencio mientras rumiaban su culpa. Un mundo extinto por su obsesión televisiva. Una civilización caduca por su manía de ignorar a aquellos medios de comunicación. Su culpa no quedó perdonada el día en que la masa se rebeló, tomó las oficinas de las cadenas de televisión del mundo entero, derribó sus repetidores y cortó el suministro de Internet.

arrasado

Mas bien al revés. Sin rumbo, sin nadie que les dijera cómo pensar, sin consumo que estimulara la economía, la humanidad se marchitó hasta quedar convertida en los rescoldos de la gran hoguera de lo que en otro tiempo fue un pasado glorioso. Los publicitos, señalados por el dedo acusador de quien necesitaba un culpable con el que limpiar sus heridas, fueron expulsados de las ciudades, de los poblados y condenados a vagar por la eternidad sin derecho a ser protegidos, alimentados ni acogidos por persona alguna. Quedaron convertidos en parias, en sin nombre, en vagabundos infames.

La labor de los disgregadores mercenarios afines a los revolucionarios fue excesivamente efectiva; las matanzas se prodigaron por todas partes. La destrucción, el horror y los saqueos acabaron con lo que quedaba de civilización y dieron paso al reino del caos y la anarquía. Y los publicitos, quedaron marcados de por vida por la ignominia y el desprecio.

(Fundido en negro. Créditos)

No, no os molestéis en buscar esta peli. Cerrad ya SeriesYonkis, como diría Sinde, y dejad de perder el tiempo. Esta película no existe más allá de mi calenturienta imaginación. O de la tórrida escena publicitaria actual, que parece empujarnos a un escenario de locos. Pero no descartemos que algún día, venga uno de esos directores raritos serbokosovares y se saque de la manga una película apocalíptica sobre el temita en cuestión. Y el guión, creerme, no va a distar demasiado del que aquí se describe… Por algo será.

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