Anunciantes en La Noria: Esos Chicos Buenotes

Vaya por delante que no soporto a La Noria. Me parece una bazofia infumable imposible de ver. Para mí, La Noria no es un caso aislado; simplemente, no comulgo con éste ni con ningún otro programa del corazón, ni de los entresijos o de las gónadas sifilíticas; me parecen todos un insulto a la presunta inteligencia humana y a eso que solemos llamar el buen gusto, sea lo que demonios sea. No es que nos vayamos a poner estupendos a estas alturas, pero es que las escenas bochornosas que semana sí, semana también, exhiben esta clase de programas y la sarta de memeces continuas que sueltan sus protagonistas e invitados me son extremadamente desagradables. Y si quiero broncas, mejor pongo un debate sobre fútbol, que puestos a discutir por banalidades, al menos estas tienen más gracia…

En cualquier caso, quede claro que ni me gusta La Noria ni ningún otro programa del corazón, actual o pasado, sea cual sea la cadena de televisión que lo emita. Creo que este es un punto que hoy y a estas alturas hay que dejar claro. Y no he visto nunca más de cinco minutos de este programa, si sumamos los trozos de unos pocos segundos con los que pueda haberme tropezado haciendo zapping. Nunca, ni de forma consciente ni subconsciente; ni voluntaria ni forzosamente; ni en un bar ni en casa del vecino. Si están emitiendo éste o cualquier otro programa del corazón, simplemente me siento de espaldas a la televisión y desconecto. O sea, en mi caso no es una postura de cara a la galería, sino una actitud coherente.

Pero esta es mi opinión personal y es algo que pertenece a la esfera estrictamente personal de cada uno.

la noria

Dicho esto y poniendo mis cartas sobre la mesa, no quería dejar de dar mi opinión sobre la polémica suscitada en torno a la retirada de publicidad por parte de algunos anunciantes en este programa como protesta por invitar al plató el pasado 29 de octubre a Rosalía García, la madre de Francisco Javier García Martín, “El Cuco”, imputado por el “caso Marta del Castillo”. A esta señora presuntamente le ha pagado la dirección de La Noria 10.000 euros por participar en dicho programa hablando sobre el angelito de su hijo, un personaje bastante deleznable, por decirlo de algún modo sin perder las formas.

A raíz de esta protesta, que coincide en el tiempo con una corriente de opinión que ha circulado en las redes sociales en contra de dicha invitación, el programa ha visto reducido el número de pases emitidos durante su emisión desde los 57 habituales a tan sólo 20 para acabar, 3 semanas después de la famosa entrevista, sin anunciantes según Marketing Directo. En esta acción de protesta han participado, al menos, una docena de los anunciantes más importantes del país que dicen haber retirado su publicidad del programa. Hasta donde yo sé, no tengo constancia sobre si dichos anunciantes estaban realmente en campaña o es una declaración de intenciones de cara al futuro. Ni me importa.

No voy a citar a estos anunciantes por no hacerles más publicidad de la que ya se han creado por sí solitos, pero sí creo que es importante destacar que, en muchas de las repercusiones captadas, aparece esta acción como vinculada a Campofrío, como primera marca que hizo pública la decisión de no emitir publicidad en dicho programa. Posteriormente a hacer pública la noticia, se han unido a esta decisión el resto de anunciantes hasta completar la cifra dada y, por lo que parece, no se puede descartar que hayan más anunciantes que a futuro se incorporen a este grupo.

Esta acción ha venido a darse eco de una iniciativa creada por Pablo Herreros en su blog desde donde expresaba cuáles marcas habían programado pases durante la emisión del programa de La Noria en el que estuvo invitada la madre de El Cuco. Pablo co-dirige una agencia de comunicación especializada en gabinetes de prensa y relación con los medios llamada Goodwill Comunicación, entre cuyos clientes no se encuentra ninguno de los que han participado en el boicot al programa.

Estos son los hechos objetivos a los que todos, en mayor o menor medida, hemos tenido acceso y sobre la que  se ha hablado mucho durante la pasada semana. De hecho, esta noticia ha tenido repercusión en diferentes cadenas de televisión, prensa y radio. No tengo datos exactos del coste de la publicity generada, pero por mi experiencia os puedo asegurar que hablamos de varios cientos de miles de euros.

Por tanto, podemos decir que ésta ha sido, por tanto, una decisión sonada y muy notoria. No podía ser de otro modo, puesto que ha venido a poner el dedo en la llaga en un tema social muy espinoso en torno al cuál se está creando mucha sensibilidad pública. La presencia en el programa de la madre de este personaje abominable es sólo la gota que colma el vaso de las malas prácticas entre este tipo de programas que se alimentan de los instintos más bajos de la sociedad. Viven por y para la polémica y no tienen problemas en exponer, jalear y exhibir públicamente a personas cuyos comportamientos dejan mucho que desear y que están muy lejos de ser ejemplos a seguir. Ellos lo llaman denuncia social. Pero es obvio que no les cree ni su padre…

hermandad

Hasta aquí la mera descripción de los hechos acaecidos, con cuatro notas muy diluidas de opinión pública generalizada. Pero no pretendo haceros un reportaje periodístico sobre la cronología y sucesión de una noticia, sino explicaros las implicaciones que esta situación puede provocar a nivel profesional.

La opinión pública se ha volcado a aplaudir la actitud de los anunciantes – denunciantes, sobre todo en nuestro microcosmos de las redes sociales. Las marcas nos han oído, nos han escuchado, toman nota de la opinión y la actitud de sus consumidores y les respetan tanto como para influir con ello en sus decisiones empresariales. Este es el comentario común que corre en boca de todos.

Pero la verdad es que el programa de La Noria de la semana pasada, el siguiente al polémico programa donde todo se desató y el primero en el que muchos anunciantes retiraban su audiencia de forma efectiva, tuvo una audiencia media de más de 2,6 millones de espectadores y fue el sexto programa más visto del fin de semana y el segundo después de los telediarios.  Esto es, no tuvo impacto ni en audiencia ni en share. Sea como sea, y por muy dignos y éticos que nos consideremos, nos gusta más la mierda que comer con los dedos y hay gente, mucha gente, a la que no solo no le disgustan estos contenidos, sino que los devora con avidez.

Entonces, ¿quienes criticamos solamente a la dirección del programa o también vamos a criticar a nuestra audiencia? La audiencia es soberana; no podemos juzgarla, porque este es el juego de las mayorías y a este juego jugamos todos si queremos ser democráticos. No podemos condenar a casi tres millones de personas porque no piensen como nosotros, del mismo modo que no podemos hacerlo con seis millones de personas porque no voten lo que nosotros votamos.

No debemos olvidar que la vida de un programa depende de su audiencia; ningún programa sobrevive sin audiencia más allá de dos semanas, esta ley universal rige toda cadena. Y la audiencia está muy lejos de condenar a La Noria por sus actos, se mantiene fiel y sigue dándole su voto. Pensemos dos veces antes de decidir quien somos nosotros para juzgar la actitud de los demás y quien nos ha dado poder moral para evaluarlos. Si no te gusta, ya sabes que hay que hacer, como decía Mecano, que hoy en día todos los televisores tienen mando a distancia; ni siquiera necesitas levantar las posaderas del sofá. Zapping y a otra cosa, mariposa. Todos tenemos nuestra opinión; la mía va por delante y ya la he expresado. Actúo y obro en consecuencia con ella. Pero cuidémonos de juzgar si no queremos ser juzgados…

Entre otras muchas cosas, muchos de los tuiteros que he podido leer estos días criticando abiertamente a La Noria y a su actitud, son los mismos que durante meses han debatido en abierto durante el programa sobre lo que en él acontecía. Lo seguían, lo veían e incluso, algunos han estado físicamente en el plató. Qué pronto pasamos del amor al odio en esta piel de toro.  Que poco valorada está la coherencia. Qué pronto olvidamos. O qué fáciles de manipular llegamos a ser. Muchos hemos criticado siempre a este tipo de programas; ahora no tenemos necesidad de expresar cuan heridos y molestos nos sentimos porque siempre lo hemos dicho y manifestado. Pero ay de aquellos que cambian de opinión como una veleta gira en la dirección a la que sopla el viento… que nunca se vuelva la galerna en contra suya, porque sentirán la irracionalidad de su propia actitud.

Y ahora pasemos a planos más profesionales…

Lo primero que me viene a la mente es preguntarme sobre las intenciones de los anunciantes afectos e indignados.

Si pusiéramos en una balanza la notoriedad que hubieran generado unos cuantos pases más en el programa o la que se han creado con todo este ruido social, ¿cuál creéis que sería más relevante?

¿Y cual más eficiente en términos de beneficio/coste? Da que pensar, verdad? Una simple notita de prensa versus ciento cincuenta mil euros en pases planificados en un programa de alta audiencia; notoriedades similares. La ganancia está clara; el acierto es seguro. No puedo más que aplaudir a mis colegas. Ésta ha sido una fantástica jugada de comunicación corporativa donde algunas marcas han sabido interpretar el entorno en el que se movían, valorar bien las consecuencias de sus actos y el peso de sus decisiones – ¿seguro? – y actuar con rapidez para aprovecharse de la situación.

El éxito en la publicity radica precisamente en eso: saber leer una situación pública, actuar con eficacia y ser ágil en tu forma de comunicar. Y mis amigos anunciantes lo han hecho de libro. Les ha salido que ni bordado en cuanto a notoriedad se refiere. No puedo más que quitarme el sombrero y envidiarles por haber sabido analizar e interpretar un escenario que otras marcas no han sabido /podido /querido ver.

Vaya por delante que existen otras marcas que NUNCA han planificado ni un solo pase en estos programas ni lo harán jamás y que se cuidan mucho de estos aspavientos públicos de cara a la galería. Simplemente, son coherentes, son responsables pero dejan su actitud en el ámbito de su entendimiento sobre lo que es correcto o no, no gustan de hacer pública su moralidad y obtener réditos publicitarios por ello. Y llevan actuando así desde mucho antes que los amigos de las candilejas montaran su show. Y con una discreción envidiable, dicho sea de paso. ¿Loable? No lo se, pero al menos sí profesional.

No tiene nada de profesional decidir y opinar sobre los contenidos de un programa. Los anunciantes televisivos – y en teoría, cualquier otro – compramos impactos y puntos de contacto. No compramos opiniones, no compramos actitudes, no compramos opiniones. O al menos, así es como muchos profesionales opinamos. Cuando nos ponemos el uniforme de trabajo, debemos dejar a un lado nuestros gustos, nuestras preferencias, nuestras opiniones políticas. Compramos aquellos medios y soportes que nos permiten alcanzar de forma más directa, mas eficiente, mas amplia y/o más económica a nuestro target. Y punto. Todo lo que se salga de esta actitud y comportamiento me parece cero profesional e incluso peligroso.

No somos nosotros los que tenemos que regular y moderar los contenidos editoriales, sino las instituciones públicas. En teoría, ellos cuentan con las leyes y los medios para juzgar e imponer lo que es permisible y admisible dentro de los límites que marca la libertad de expresión. Mucho cuidado con las vías que abrimos, con los caminos que estrenamos. Elevar a los anunciantes a la altura de jueces morales sobre lo que se emite en un medio es algo que puede volverse fácilmente en nuestra contra.

Porque, al fin y al cabo, ¿quien juzga lo que está bien o mal moralmente hablando? ¿Dónde están los límites? ¿Y cuáles son esos limites, los tuyos o los míos? Qué pasa si compramos una página en un periódico que publica una noticia que no nos gusta? ¿no pagamos? Que duro, no? Si queremos jugar en los límites de la legalidad, debemos ampararnos en lo que la Constitución nos marca. Y la censura, hoy por hoy, está perseguida, hasta donde yo se.

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Este puede ser el germen de un problema grave que puede crear mas cisma entre la publicidad y la sociedad. Y eso es algo en lo que todos podemos salir perdiendo. No olvidemos que sin publicidad, las ventas decrecen. Y eso puede provocar que tú te quedes sin trabajo.

Ojo con ese uso de la ética tan partidista y tan interesado. Vender nuestra imagen por unos cuantos puntos de notoriedad y de opinión pública favorable puede pasarnos facturas a todos. No caigamos en el pecado de jugar a ser populistas. Huyamos de debates propios de publicistas provincianos de tercera regional. Tenemos una responsabilidad y en ella entra el ser imparciales y dedicarnos a lo que se supone que debemos que dedicarnos: a difundir y promocionar nuestra marca y productos. Pero dentro de las reglas que marca el juego.

Que los ciudadanos juzguen y valoren a quien comete el mal, que son las editoriales, no los anunciantes. Por mucho que nos guste ver a varios miles de visitas a nuestro blog, querido Pablo. Nuestros actos pueden tener consecuencias por encima de la esfera de lo que somos capaces de controlar y eso puede ser un problema que nos afecte a todos.

Y los ciudadanos NO condenan a La Noria sino que siguen viéndolo. Y si mi audiencia ve ese programa y lo aprueba, yo creo que debería planificar un pase en ese programa, y no me sentiría responsable de ello. No soy culpable del contenido de ese programa, que está dentro de la legalidad. Se lo debo a mi marca, a mis accionistas y a mis consumidores. Se lo debo a mis empleados que quieren vender más. ¿Podría conseguir lo mismo jugando a tirar castillos de fuegos artificiales? Tal vez. Pero eso sí que no me parece ético…

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