Antonio Alcántara, los cuernos y las marcas

Hace poco tenía un apasionado debate en Twitter con algunos colegas, publicistas y profesores, acerca de cierta polémica suscitada sobre el sorprendente giro que había tomado el memorable personaje de Cuéntame Cómo Pasó, magistralmente interpretado por Imanol Arias, y cómo podría teóricamente afectar esto a algunas de las marcas de las que es prescriptor e imagen pública el actor.

Para los que no sigáis habitualmente esta serie de televisión, Cuentame Cómo Pasó es una de las series mas legendarias de TVE, la cadena de televisión pública española. Tras quince años en antena, sus personajes ya forman parte del imaginario popular en los muchos países en los que la serie se emite. En ella, se narra las peripecias de una familia media típica española, los Alcántara, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, al tiempo que describe de fondo la evolución social de nuestro país.

Durante la 15a temporada que ha terminado recientemente, Antonio Alcántara, cabeza de la familia y alter ego de Arias, engaña a su mujer, le pone los cuernos y se separa de su familia. Este hecho, que en teoría hoy por hoy no supone demasiado motivo de escándalo social, en los primeros ochenta suponía un verdadero cisma en la familia. Pero la realidad es que la trama supuso durante las horas y días siguientes a su emisión un verdadero incendio en las redes sociales y en los círculos de tertulia mañanera en manos de los muchos y fieles seguidores de la serie que consideraron reprochable el comportamiento del personaje.

antonio alcantara

De la noche a la mañana, se multiplicaron las voces de indignados que acusaban al bala perdida de los Alcántara de poco más que felonía y traición nacional. El hecho es que, para muchas personas, cuando Antonio Alcántara engañó a Merche (su cónyuge en la serie), estaba defraudando y traicionando el respeto y empatía que ponían en él los miles de espectadores que se sentían reflejados en su personaje.

imanol ariasAntonio Alcántara es uno de los personajes mas importantes de la carrera de Imanol Arias, uno de los actores españoles mas reputados. Nunca había tenido un papel tan prolijo y con el que se le identificara tanto públicamente. A lo largo de estos tres lustros, la asociación de ideas entre Antonio Alcántara e Imanol Arias ha crecido tanto que, para una generación de espectadores, resulta imposible separar a uno del otro. Y eso que el actor no es un novato precisamente.

A lo largo de décadas de recorrido profesional, Imanol se ha ganado una merecida fama de buen intérprete, jalonado con innumerables premios y con una buena cosecha de excelentes películas en su haber. Crítica y espectadores siempre lo han tenido en muy buena consideración. Algo que, unido a una imagen pública cuidada y alejada de escándalos y candilejas, acabó por atraer la atención de agencias de publicidad y anunciantes, lo que le ha llevado a protagonizar numerosos spots y ser imagen pública y prescriptor de distintas marcas.

Sin embargo, ahora que la opinión pública ha mutado debido a los devaneos escénicos del Sr. Alcántara, se abre un interesante debate sobre la posible transferencia de roles que existe entre un actor como persona y los personajes que interpreta.

No se coman al guionista

A simple vista, podría parecer obvio que Antonhy Hopkins no es un devorador de carne humana cruda en su intimidad, que Arnold Schwarzenegger no acostumbra ser un cyborg de acero llegado del futuro cuando está en su domicilio o que Renee Zellweger dista mucho de ser en realidad una treintañera compulsiva que escribe diarios a todas horas sobre su extravagante vida de gordita inmadura y compulsiva.

Pero la cuestión no es esa. Lo que realmente importa es los que piensa la audiencia a la que se dirige la comunicación publicitaria que estos actores realizan. Y para estas personas, consumidores potenciales, la línea que separa la realidad de la ficción que conforman la vida del actor y los personajes que interpreta es tan delgada que resulta casi invisible.

La publicidad conoce perfectamente esta simbiosis y, de hecho, lo ha explotado en su beneficio desde siempre. Cuando un actor que tiene una alta identificación con alguno de sus personajes se pone frente a la pantalla, está transmitiendo un mensaje en el que hablan casi al unísono la persona y el personaje de cartón-piedra. Los valores percibidos de uno y otro se complementan y sobreponen de tal modo que la imagen pública de ambos termina por formar un todo indivisible.

Cuando Hugh Grant fue detenido por contratar los servicios de prostitutas nadie pareció sorprenderse demasiado. Algo similar pasó cuando Bruce Willis fue denunciado por escándalo público tras una noche de juerga loca. Todo el mundo dio por hecho que la vida privada de estos actores no era sino un fiel reflejo de los personajes que habitualmente interpretan.

Por tanto, cuando pensamos en contratar a determinado actor para que represente a nuestra marca como imagen pública, debemos tener en cuenta tanto cómo es valorada su figura como la de los papeles que ha interpretado recientemente, que tiene en emisión o que se ha comprometido a rodar en breve. Estos papeles marcarán (complementarán) el rol percibido de nuestro embajador.

No podemos jugar a ser adivinos ni intentar penetrar en la intrincada mente de un guionista — creedme, es perjudicial para la salud — pero sí es recomendable informarnos sobre estos perfiles y tener en cuenta si encajan con los valores que buscamos para representar a nuestra marca. Puede parecer obvio, pero desgraciadamente es un aspecto que muchas agencias y responsables de marketing suelen pasar por alto.

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